Engalanaes
El sábado 20 de junio participamos en la actividad «Engalanaes»: un paseo etnográfico con la Fundación Belenos donde se trataron leyendas y tradiciones de la noche de San Xuan. Una…

Segunda parte: Macondo y Rivendel
La entrada anterior iba de la épica y del folklore campesino, de la enorme distancia que separa a la primera del segundo, y del gran obstáculo que tendría que salvar el autor que tratase de construir, a partir de la tradición oral asturiana, una epopeya nacional al estilo del Kalevala. El problema era que a pesar de que los temas, los argumentos, los motivos son de una antigüedad pasmosa, y a pesar de que contienen mensajes fascinantes, nos han llegado en el estilo más directo y más pobre que imaginarse pueda.
Como un canto de río, pulido por el roce de milenios, nuestra tradición ha perdido cualquier grandilocuencia, cualquier pizca de sentimentalismo. Hay misterios y hay prodigios, sí, pero sin aspavientos. Lo nuestro es Macondo, más que Rivendel. Ejemplo:
[…] aquel paisano hablaba muy poco, y muy seguro. Y contó eso, era en el mes de junio pero no recuerdo qué día, que él nombrólu tamién, el paisano, puede que fuera por San Juan, o víspora o un algo así.El paisano madrugó pa dir al puerto, y llegó a la veiga de Fontazán, que subes así, pum-pum, y subes al cimero, un poquitín de peña y ves la veiga, hasta ahí no la ves. Y dijo que cuando llegó él a dar vista a la veiga de Fontazán que había un gigante y una giganta jugando a los bolos na veiga. El gigante tiraba la bola, y la giganta armaba y contaba. Y él cuando los vio dio atrás, que nu lo vieran, y quedó observando… no sé el tiempo, algo.
Y siguieron jugando, y vio que las bolas y los bolos que eran de oro, que brillaban, que era oro. Y él tirar, y ella armar y contar. Y al dar el sol justamente en la veiga, sin decir ná, la mora o giganta o lo que fuera, garró las bolas y al mandil. Y él garró los bolos al hombro, y pa la Cueva la Carralina los dos. Así que ahí tienen que tar los bolos tovía allí. ¡Quién pudiera jugar con ellos![1]
(Suárez López 2001: 134)
Qué imagen tan vívida, tan potente. Uno casi escucha el jadear de ese hombre que asciende trabajosamente hasta que las peñas se apartan y descubre de pronto la asombrosa escena. Retrocede y se esconde para observar a los gigantes, en la penumbra del amanecer, como quien se encuentra un par de ciervos pastando. Se comporta con toda lógica en una situación fantástica. Es puro realismo mágico, y me encanta.
La belleza es la excepción y no la regla. Digamos que de cada cien informantes, de cada cien paisanos o paisanas que reciben a un etnógrafo y, amablemente, le regalan los mitos que oyeron de sus antepasados, de cada cien habrá dos o tres que, además de transmitirnos un tesoro cultural consiguen una historia atractiva, un fragmento de literatura. Es lógico. No se trata de cuentos universales, de romances o cantares, sino de mitos. Lo importante no es el placer estético, sino el mensaje religioso que les subyace.
Nuestra cultura carece de una casta de poetas profesionales. Aquí no hay bardos como en Gales, ni escaldas como en Islandia, ni aedos como en Grecia. Cada informante asturiano, cuando se enfrenta a las preguntas y a la grabadora del investigador, empieza de cero, sin entrenamiento, sin convenciones narrativas, sin recursos poéticos. Y a pesar de todo, por puro talento natural, a veces improvisan destellos tan brillantes como este:
Arrecuédome yo de oír a mi madre, que era una niña, una niña pequeña, ya iban con los cerdos a cuidalos a la braña, y iba la buela, porque ella la madre nun la conoció, iba la buela con ella:
-¡Anda, mi nena!, que vamos con los cerdos pa la braña y allí ta la vieja, que nos va tener un bollo.
Bueno, mi madre era una niña, creíalo. Iban con los cerdos y taban el día entero en la braña. Bueno, desque llegaba la hora de comer díjole la buela:
-Mira, allí en la cabaña de Miguel de arriba, allí n’una ventanina ta el bollo. Vete allá.
-Ya ¿ónde está la Vieja, buela?
-Pues. . . fue moler a Aguino, pa mañana amasar otra vez.
Ya entós mi madre era una niña, ya fue allí ya encontró el bollo. . . volvió pegando saltos.
-¡Mira, mira, buela, qué bollo nos dejó la Vieja! – Y decía la buela:
-No, es muy atenta. Esta vieja es muy atenta.
Y mi madre taba creída en eso.[2]
(Suárez López 2003: 338-339).
La vieja de las cumbres, que amasa pan para los niños pastores, es un mito de un enorme interés, una perduración antiquísima con paralelos por media Europa. Y la narradora somedana nos la transmite envuelta en esta escena agridulce sobre la nieta, la abuela y la madre ausente. Se me hace un nudo en la garganta cuando leo cómo la pobre cría “volvió pegando saltos”.
Lo que mejor se les da a los narradores campesinos es el terror. Es un género que apela a los circuitos más antiguos de nuestro cerebro, a un nivel atávico que comparte toda la especie, desde un profesor de Harvard hasta un mendigo de la India. En todas partes, en todas las clases sociales, hay buenos cuentos de terror, cuentos de los que, sin monstruos ni sangre, te ponen los pelos de punta: cuestión de atmósfera.
Está el paisano que se despierta, sorprendido de que el día esté tan avanzado, avisa a su vecino y se van los dos a segar. Les llama la atención, mientras trabajan, un gran perro blanco que los contempla al borde del prado, inmóvil, en silencio. Y entonces se hace de día. Sale el sol. Y la hierba que creían haber segado, está erguida e intacta. Y el primer vecino le dice al otro “vamos a confesar, que en dos días estaremos muertos”. Y así sucede.[3]
El cuento, en apenas dos párrafos, construye un ambiente aterrador, con esa luz irreal y, sobre todo, con el gran perro blanco que anuncia la muerte. Es, en verdad, cuestión de atmósfera.
Está, también, el hombre que va por el monte cuando un lobo se lanza sobre él. Luchan, él lo aferra por la lengua y le mete la cabeza en un remanso de agua, hasta que lo ahoga. El hombre vuelve al pueblo, cargando la bestia a la espalda, y una vecina le pregunta: “¿Qué traes ahí?” y el hombre contesta “Traigo la muerte”. Y como le contó el informante a Alberto Álvarez Peña, “se metió en la cama y no volvió a salir más, murió”.[4]
Sí, tal vez sea el terror el género más fácil de adaptar a los gustos modernos. Yeats ya lo demostró en su cuento The Curse of the Fires and of the Shadows. Es un relato aterrador, es bellísimo, y está basado en mitos irlandeses que tienen equivalentes asturianos: la lavandera nocturna, el gran gusano, el caballo de agua. Podría trasladarse directamente aquí, si no fuese que la acción transcurre durante las guerras del XVII entre católicos y protestantes.
Todo lo anterior, los cuentos terroríficos, el realismo mágico, la tierna aventura de la abuela y la nieta, todo está muy bien, pero nosotros buscábamos grandiosidad, hazañas colosales, guerras entre dioses y monstruos, antepasados heroicos. Quizás los contenidos nos vengan de los misteriosos celtas, pero el tono es el de nuestros invasores romanos, gente práctica y prosaica.
[1] Anotado en Bermiegu (Quirós). Informante: Celestino Martínez Fernández, 67 años, natural de Pedroveya (Quirós). Fecha: 24 de abril de 1999. Recopilador: Jesús Suárez López
[2] Anotado en Pigüeces, Somiedo, en 1996. Informante: Celestina Colado Fernández, 76 años. Recopilador: Jesús Suárez.
[3] Cabal 1925: 55-56
[4] Narrado por Juan Armayor, 67 años, y Luis González, 71 años, de Llaíñes, concejo de Sobrescobiu. Anotado el 18 de noviembre de 1999 por Alberto Álvarez Peña (Álvarez Peña 2005)
ÁLVAREZ PEÑA, ALBERTO: “Resclavos de ritos iniciáticos nun cuentu de llobos”. Cultures, Revista Asturiana de Cultura nº 14, 2005. Pp 143-150
CABAL, CONSTANTINO (1925): La mitología asturiana. Los dioses de la muerte, Madrid, Imprenta de Juan Pueyo.
SUÁREZ LÓPEZ, JESÚS: Tesoros, Ayalgas y Chalgueiros – La Fiebre del Oro en Asturias, Ayuntamiento de Gijón, Xixón 2001
SUÁREZ LÓPEZ, JESÚS: Folklore de Somiedo Leyendas, Cuentos y Tradiciones Ayto. de Somiedo, Gijón 2003

Cristobo de Milio Carrín (Uviéu, 1975), estudió inxeniería téunica de mines, pero la so vocación ye la mitoloxía asturiana y los sos raigaños precristianos. Publica davezu na revista «Asturies, Memoria Encesa» entre otres, y ye autor de dos ensayos: «La Creación del Mundo y Otros Mitos Asturianos» (autoedición, 2008) y de «Las Grandes Hadas» (KRK, 2024).