Engalanaes
El sábado 20 de junio participamos en la actividad «Engalanaes»: un paseo etnográfico con la Fundación Belenos donde se trataron leyendas y tradiciones de la noche de San Xuan. Una…

Tercera parte: de Corvín a Bello
A principios del siglo XVII un tal Diego Suarez de Corvín escribió un poema sobre Asturias en el que ella misma, tomando la apariencia de una anciana, cuenta su propia historia y se atribuye un lejano origen galo. Daría algo por saber junto a qué hoguera escuchó, en qué pergamino leyó, este soldado de Mieres, la idea de que nuestros antepasados vinieron de Francia:
Saved que como soy vieja / tengo un grande Arcaz cerrado / depósito de memoria / muy antiguo por el cabo / a mi poblaron franceses / de su Alto Delfinado / acompañando a su caudillo / llamado el príncipe Astor[1]
Estas palabras fueron publicadas en 1607, dos años después del Quijote, y su mensaje era exactamente el opuesto al del Caballero de la Triste Figura. Suárez de Corvín nos transmite un verdadero mito tribal, mientras el sensato Cervantes derribaba de una patada los restos carcomidos de la mitología celta que, surgida en el Gales medieval y divulgada por los trovadores franceses, alcanzó hasta la España barroca convertida, tras una decadencia de siglos, en las abominables novelas de caballerías.
La imprenta, en siglo y medio, había cambiado la mente humana. La experiencia colectiva del trovador que declamaba un cantar de gesta en una sala llena de gente, dio paso al silencioso y solitario lector de novelas. Don Quijote, al dinamitar definitivamente la narración mítica, inauguró la modernidad. La diosa tribal, el hechicero, el matador de dragones dieron paso al pícaro, al protagonista imperfecto, a las historias cotidianas y, con el tiempo, a la introspección psicológica.
Sin embargo, esta revolución no triunfó por completo. Europa descubrió pronto que cuando no tienes héroes ni dioses, los echas en falta. Tal vez Cervantes estaba harto de disparates y fantasías heroicas pero durante trescientos años, desde Camões hasta Tolkien y más allá, los europeos trataron de mil maneras de traerlas de vuelta. Asturias no escapó a esta tendencia.
En 1903 Armando Palacio Valdés publicó un libro que se apoyaba, no en las andanzas de Lanzarote ni Amadís, sino en la Ilíada. Los personajes de su novela La Aldea Perdida son mozos de Entrialgo, en Llaviana, que se lían a palos con los de la parroquia vecina en cada romería repitiendo, sin saber, las peripecias de aqueos y troyanos.
La Aldea Perdida no tiene asomo de fantasía. Transcurre, como el Quijote, en un lugar real y concreto, carente de dioses y prodigios, pero se distingue del hidalgo manchego en un detalle importante: el autor no se mofa de los personajes, no los ridiculiza. La gallardía de los chavales, el prestigio y el honor que conquistan en la refriega los más fuertes, no son tan diferentes de los que animaban a Diomedes y Aquiles. Las desventuras de Don Quijote rebajaban a su modelo, las novelas de caballerías, mientras que Palacio Valdés eleva a sus protagonistas, los guerreros de Llaviana.
Desde entonces se han publicado numerosos artículos académicos acerca de este asunto, acerca de los orígenes antiquísimos de estas luchas entre parroquias, pero quizás fue Armando Palacio Valdés, en su novela, el primero que apreció la semejanza entre las culturas heroicas de la antigüedad y la “violencia recreativa” de las bandas de jóvenes que se molían a garrotazos en época reciente, desde las ferias irlandesas hasta las mascaradas invernales de Navarra.
En el afán por llenar Asturias de mitos, aunque sean mitos sin dioses, influye el patriotismo. La mitopoeia es una manera de expresar el amor al país: amasar la belleza de sus montes con el misterio de sus leyendas y las cualidades de su gente para finalmente transfigurarlo, todo junto, en mito. Y el filón más lógico para producir mitos nacionales es, naturalmente, la tradición oral de los campesinos, que en toda Europa perduró hasta el siglo XIX-XX, en paralelo al triunfo de la literatura escrita entre las élites urbanas.
Los patriotas, atribuyendo profundas virtudes al folklore, como expresión milenaria de un alma nacional, tratan a menudo de “adecentar” la tradición oral, “pasar a limpio” o, incluso, “elevar” un repertorio que nos llegó caótico, lleno de contradicciones, fragmentario y campesino. Un impulso similar animó, quizás, a los que afinaron la gaita, o a los que normalizaron la gramática del asturiano. Y como los músicos y los lingüistas, también los poetas y los narradores tuvieron que navegar entre Escila y Caribdis, entre el purismo y la deturpación.
El purismo tiene sentido dentro de la ciencia, pero sirve de poco a la hora de forjar una identidad cultural potente. Conservar intacto el patrimonio inmaterial, continuar publicando cuidadosas transcripciones de entrevistas a viejos y viejas por pueblos y brañas, no es literatura sino antropología. Estas fuentes puras nos sirven para comprender la cultura asturiana premoderna, su adaptación y su declive a lo largo de los últimos dos siglos de Revolución Industrial. Nunca serán lecturas populares, sin embargo. Las recopilaciones de los etnógrafos, precisas y secas, no son armas en la guerra por mantener una cultura distintiva, por hacerse oír con una voz asturiana en medio de la barahúnda planetaria de este siglo XXI.
La deturpación, es decir, manipular la tradición oral para crear ficción contemporánea, implica dos riesgos opuestos. El primero, el vicio más antiguo y el que dio lugar a tantos chascarrillos zafios, es confundir la sencillez con la tosquedad y lo campesino con lo chocarrero. No me detendré en las obrillas infames que nacen de este prejuicio.
El otro riesgo, más propio de nuestros tiempos, es idealizar a los antiguos. Así aparecen sabias hechiceras que, libres de mezquindades, nunca han maldecido las vacas de una vecina; nobles guerreros que, si se encuentran un enemigo desarmado, lo perdonan en vez de destriparlo; campesinos limpios y sanos. Todo suena igualmente falso, igualmente pulido. Desde las arengas altisonantes antes de la batalla hasta la sabiduría de pacotilla en boca del druida, los escritores que tratamos de revivir la antigüedad tenemos muchas formas de dar vergüenza ajena.
Miente quien diga que es fácil dar con un tono convincente. Puedes leer un quintal de libros con toda la mitología, todas las leyendas que quieras, pero tus palabras seguirán siendo un producto del siglo XXI. Hablo por experiencia. En mis tiempos traté de escribir ficción histórica, y lo que encontré al releerme fue una voz descaradamente moderna, impostando una antigüedad ridículamente falsa.
Si ya la imprenta, en el siglo XVII, alejó a los lectores de libros de los antiguos cantos épicos, imaginaos en qué situación estaremos hoy, tras cien años de radio, tele, cine y ordenadores. Todos estamos igualmente empapados en cultura visual estadounidense y en escepticismo postcristiano. Todos, o casi todos, hemos crecido aislados de la naturaleza y de nuestros propios cuerpos, limpios, gordos, vacunados, en casas cálidas y bien iluminadas. Nunca entenderemos lo que podía sentir, o creer, una labradora analfabeta del siglo II dC, la mandíbula consumida por las caries, la espalda destrozada por el trabajo, cuatro hijos muertos de hambre y pestes. ¿En qué pensaba mientras le contaba algún mito de su tribu al quinto y último? ¿En qué pensaba ante las brasas que calentaban un potaje miserable mientras fuera, en las tinieblas, aullaba la ventisca?
Admiro a los que tienen la imaginación para simular una mentalidad no ya prerromana, sino simplemente pretelevisiva. Carlos Rubiera, en sus Cuentos de Bona Oreya (1988) lo consiguió a ratos. Es un libro, como el de Armando Palacio Valdés, sin el menor elemento sobrenatural. Son historias de labradores asturianos hacia mediados del siglo XX, historias sobre el trabajo extenuante, y la emigración, y la injusticia de aquellos tiempos.
Rubiera describe la destrucción de una cultura cuyo síntoma más obvio es la castellanización, pero el libro refleja muy bien cómo el cambio fue más allá de reemplazar unas palabras por otras. Los personajes de los Cuentos de Bona Oreya poseen conocimientos que nosotros hemos perdido, se expresan en códigos propios, interpretan la realidad con matices distintos de los nuestros. Cuando terminé de leerlo pensé, “¿Cómo diablos puede nadie escribir una novela ambientada en el Renacimiento, si ni siquiera comprendemos a nuestros abuelos?”
Xuan Bello también contó “la vida de antes” en el pueblo de su infancia, Paniceiros; habló sobre los días de fiesta, y la incesante labor (a veces unidos, como en la mayada veraniega del relato La Cabra d’Oro), y sobre las ocurrencias de vecinos célebres como Ros de la L.lamiel.la (“You nun creu en Dious, pero creu nas campanas”). Pudo haber sido un simple autor costumbrista si no fuese que, a diferencia de otros, a Bello le interesaba la fantasía.
Los maravillosos artículos que publicaba en el semanario Les Noticies, donde a veces discurría leyendas que parecían sacadas de la tradición oral genuina, estaban más cerca de un Kalevala asturiano que ningún otro autor del pasado. Tenía su punto celtófilo, como muchos asturianistas de nuestra generación, y en “Nuesa Señora de la Nublina” mezcló una invocación a la gran diosa de los antiguos galeses, que atribuyó al mago Merlín, con los esconxuros para disipar la niebla que solían recitar los pastores asturianos.
Es casi inevitable, si uno se pone a ensoñar sobre religiones antiguas, terminar en el regazo de la gran Diosa. De ella hablaremos en la siguiente entrada de esta serie.
[1] Citado en ÁLVAREZ SEVILLA, ANTÓN: “Siete races, un país: (II)* La Vaca Roxa (Carreñana y Casina)” Ciencies 2, 2012. Página 106.

Cristobo de Milio Carrín (Uviéu, 1975), estudió inxeniería téunica de mines, pero la so vocación ye la mitoloxía asturiana y los sos raigaños precristianos. Publica davezu na revista «Asturies, Memoria Encesa» entre otres, y ye autor de dos ensayos: «La Creación del Mundo y Otros Mitos Asturianos» (autoedición, 2008) y de «Las Grandes Hadas» (KRK, 2024).