Viabilidad de un Kalevala Asturiano: Oportunidades y Retos (conclusión)

Proe del home que pierde la guerra y salva la vía.

Quinta y última parte: las oportunidades

Buscábamos un poema nacional que enardeciese a los jóvenes para luchar por la oficialidad del asturiano, para exigir más autogobierno o, yo qué sé, para repoblar el concejo de Ponga. Hasta ahora nos hemos encontrado unas gotas de realismo mágico, unos cuantos relatos de terror bastante decentes, un libro gallego, y una obra descomunal e inclasificable, una saga rabiosamente asturiana pero cuyo autor no pretende crear ninguna Eneida nacionalista sino, según sus propias palabras, “un canto de fraternidá […] ente los pueblos d’España […] capaz de superar l’imperdonable odiu que los egoísmos llocalistes semen ente hermanos”.[1]

Nuestra búsqueda ha sido en vano. De todas maneras, no creo que los chavales de ahora se dejasen enardecer aunque el propio Virgilio volviese de los infiernos y nos recitase la “Pelagiada”, con mito astur de la Creación incluido.

Nada nos impide, de todas formas, sembrar en nuestro humus lingüístico. Leodegundo se lo ha puesto difícil a cualquier creador que trate de inspirarse en el Reino de Asturias, pero todavía queda mucha, muchísima materia prima casi virgen, infinidad de leyendas publicadas en colecciones desconocidas para la mayoría del público, que solo hemos leído los fanáticos de la tradición oral, y que están pidiendo a gritos una buena actualización al lenguaje narrativo de este siglo.

Están las historias de valentones, personajes de fuerza descomunal y talante camorrista. Las hazañas que se cuentan de ellos no pasan, a veces, de vulgares fanfarronadas de taberna, pero otras tienen un aire antiguo, como de duelos entre dioses. Así, cuando Manuel Gutiérrez, el Valentón de la Pedrina, pelea contra Xuan de Pontaos “por causa del ganado”. Según anotó Gausón Fernande, lucharon en la Campa l’Arquera y usaron como armas timones de arado, hasta que Manuel mató a Xuan, a quien enterraron allí mismo (Fernande 2022: 17). Ya Fernande advirtió la semejanza con el ciclo de Tom y Jack the Tinkeard, los gigantes córnicos que luchan entre sí empleando ruedas y ejes de carro como armas.

Otras veces, el valentón es un campeón del pueblo contra la opresión de las élites. Así Puliatos, el valentón de Oubona que prendió fuego al monasterio y libró al pueblo de pagar contribuciones a los frailes.[2] Merece la pena detenerse en este detalle: más de una vez, las leyendas no tratan de guerras étnicas, de la proverbial lucha entre “moros” y “cristianos”, sino de un conflicto social. Ha quedado memoria de los “señores de horca y cuchillo”, y de los abusos que padecieron los campesinos bajo nobles y clérigos. Probablemente estos recuerdos hayan perdurado desde la baja Edad Media hasta nuestros días:

En San Andrés de Logares, que está hacia A Fonsagrada, había una casa de un señor antiguo de esos que llamaban de Horca y Cuchillo, por delante del palacio tenían que pasar los carros camino de Astorga pero él ni siquiera les dejaba cantar [rechinar] a los carros. El cura no podía dar misa si el señor aquel no estaba presente. Una vez se fue de caza y tardó en llegar, el cura se puso a misar sin él. Cuando llegó se enfadó todo y le mandó, a un criado que tenía, que le disparase al cura, pero no quiso. Fue el señor y le disparó él mismo. Lo mató en el altar.

Tuvieron que cambiar la iglesia de sitio por eso; si había sangre en el altar no se podía seguir haciendo misa allí. Al señor lo mandaron desterrado a A Veiga dos Corteyos, en Santalla [d’Ozcos], hacia A Semeira, allí hicieron una caseta para que viviera donde no oyera gallo cantar ni campana tocar.[8]

Es un pasatiempo fascinante, eso de fechar la tradición oral y compararla con la documentación de cada época. Lo más cercano y, lógicamente, lo que mejor se conserva, es el recuerdo del siglo XX, la Revolución del 34, la Guerra Civil, y la represión franquista. De esta memoria, tamizada a través de innumerables entrevistas con supervivientes, surgió, por ejemplo, el estremecedor (y enciclopédico) “Como Augua de Torbón”.

Del siglo XX, concretamente de la Revolución de Asturias de 1934, trata también La Balada del Norte, la inmensa novela gráfica de Alfonso Zapico, que viene a ser la Crónica de Leodegundo con pólvora y teléfonos.

Zapico dibuja en La Balada del Norte un homenaje a los derrotados, igual que hace Fernando Álvarez Balbuena, en forma de poesía, con su Cantar del Ayerán que perdió la guerra, al que puso música Llan de Cubel en su álbum Na Llende y que, probablemente, sea la mejor obra épica en toda la literatura asturiana.

Si retrocedemos otro siglo, las leyendas se vuelven más vagas. A menudo, han quedado reducidas a simples frases sueltas, como la que escuché a mi abuelo: “nel molín da playa da Figueira hai enterraos dos franceses”. Eso era todo lo que se recordaba en Medal, parroquia de Mouguías, de las Guerras Napoleónicas y de las atrocidades del mariscal Ney cuando cruzó el Navia en 1809.

Alberto Álvarez Peña encontró el recuerdo, desdibujado, de tres vecinas de Val.louta, Cuideiru, secuestradas por los piratas berberiscos para ser vendidas como esclavas, en algún momento anterior al siglo XIX.

[…] Decían que una noche se las habían llevado, las raptaron los argelinos, que así los llamaban, que se las llevaron en barco y desaparecieron, pero fueron a salir sus corales [es decir, las cuentas de los collares] a San Esteban de Pravia[3]

Los horrores de la piratería berberisca son un hecho histórico, pero alguien ha incorporado aquí el viejísimo mito de la chica que se cae a un pozo y desaparece sin dejar rastro, hasta que las cuentas de su collar van a salir por el caño de una fuente.

Vayamos más atrás todavía:

So les guerres ente los reis y los siñores del castillu de Tudela, había un dichu: La que ficiste n’Olloniegu, pagástela en Campumanes[4]

El castillo de Tudela, en Olloniegu, que guardaba la entrada a Uviéu, jugó un gran papel en la revuelta de Gonzalo Peláez, en el siglo XII, y fue destruido por Juan I en 1383 de modo que la frasecita lleva, al menos, seiscientos años dando vueltas por ahí.

Es como un cajón de sastre que conserva únicamente los fragmentos más llamativos, más brillantes, de cada siglo. Está la “Troncada de Pelayo”, según la cual la batalla de Cuadonga fue una emboscada en la que los guerreros astures soltaron grandes troncos que rodaron ladera abajo, aplastando a los invasores.[5] Y está la misteriosa alusión a un “General Carís” que libró una batalla en L.lena, y que coincide misteriosamente con el Camín de La Carisa y con el legado Publio Carisio, el general que sometió a los astures hacia el año 25 aC.[6]

 

Más allá de estos fogonazos, estos retazos de historia, comienza la mitología. Bajo el estilo desabrido y escueto de las leyendas asturianas subyace una tensión constante entre dioses y hombres, entre la fragilidad de la vida y la destrucción que siempre la ronda.

La Fana Xenestaza fue maldecida por la diosa de la montaña (la “encantada”), y ahora crece cada vez que retumban los truenos, hasta devorar un día el pueblo a los pies de la ladera.[7]

Los hombres rechazaron unirse a la última mora, en tiempos remotos, perdieron así sus tesoros, y se condenaron a una existencia de trabajo duro y escasez.

¿Cuántas formas puede tomar esa lucha entre la muerte y la vida, entre la pobreza y la abundancia? Xuan de Riba, “Juan de lo Alto”, es la representación del sol como jinete celeste, eterno aliado de los pastores y eterno enemigo del demonio de la niebla (el cerzo) que extravía los rebaños:

Veite, cerzo, cerzellín, deste valle regueirín, qu’ei che ven Xuan de Riba, xurando y devotando que ch’a partir úa dida, si te coye costa arriba, que ch’a partir un brazo si te coye costa abaxo.[9]

Son historias campesinas y, por tanto, siempre tratan de la miseria, de las privaciones, y de la remota posibilidad de escapar de ellas. La hermosa mora, el espíritu femenino que habita en fuentes y cuevas, se ofrece sexualmente al hombre que sea lo bastante valiente. Si logra superar una prueba de valor, ella le hará rico por siempre, pero el hombre rara vez da la talla, y la ira de la diosa destruye al pobre fracasado, que queda cojo, maldito o muerto. En una versión todavía más sencilla de esta dicotomía, el buscador de tesoros llegará, en la noche de San Xuan, hasta una viga mágica con dos extremos: uno de ellos le hará rico, el otro le matará. Y no hay manera de distinguirlos.

Hay una frontera entre folklore y mitología, y es posible que Asturias caiga a este lado de la linde. Aquí no existe un panteón cohesionado de dioses y diosas. No sabemos con quién se casó la mora de Picu Castiellu, ni quién engendró a Xuan de Riba, el jinete solar. No hay un mito de la creación, ni un apocalipsis. Lo que hay es una gran colección de relatos más o menos deslavazados, más o menos coherentes, sobre una Humanidad siempre al borde del desastre, rodeada de presagios, prodigios, almas en pena, brujerías y amenazas sobrenaturales.

El Otro Mundo es a la vez ajeno y cotidiano; la diosa que habita en las cumbres controla el tiempo atmosférico y se deja influir, a veces, por rezos y ofrendas. Los antepasados de los asturianos lucharon contra un antiguo pueblo de magos, los moros, que habitaban lo que hoy son las ruinas de los castros y que, como en Irlanda, robaban el sustento de los humanos y les empujaron a librar la primera guerra.

Hay un claro sustrato céltico en muchas de estas leyendas, como ya mencionamos en la primera entrada de esta serie. Los moros o encantos viven en un mundo mágico, básicamente idéntico al síd irlandés, y se relacionan con los humanos conforme a mitemas que se repiten por todo el arco atlántico europeo. La encantada, mora o xana, cristianizada a menudo como la Virgen María, ha heredado numerosos rasgos de la diosa-tierra que conocemos por la literatura medieval de Irlanda y Gales. La Piedra la Culiebra proviene de un mito documentado por primera vez por Plinio, quien lo atribuyó a los druidas.

Pero hay en Asturias, y en todo el noroeste peninsular, historias de muchos otros orígenes, historias que se pueden rastrear desde las Mil y Una Noches hasta Homero, o hasta antiguas colecciones de Persia y la India. El basilisco, cuentan, viene de Armenia, y pone un huevo cada siete años. Bernardo del Carpio duerme en el corazón de un monte, esperando para alzarse un día y volver a batallar. Las costillas de un cuélebre, vencido por San Lorenzo, formarán la bóveda de una iglesia[10] igual que las costillas de Tiamat, la serpiente marina, formaron la bóveda celeste en el Enuma Elish de los babilonios. En el Romance de Santa Iria el cráneo de una santa mártir, víctima de un violador, se convierte en su santuario, sus cejas en las ventanas.[11]

La Virgen María, huyendo de la persecución de los moros, escapa del mar en plena noche y desembarca en Nueva de Llanes para, invocando a la roca del monte Auseva, abrir la cueva en la que se ocultará con el niño Jesús.[11] Es un episodio que podemos rastrear hasta la historia de Santa Bárbara (siglo VII) y todavía más atrás, hasta el Protoevangelio de Santiago, del siglo II, en el cual Santa Isabel, huyendo del rey Herodes, abre la pared de una montaña y se oculta en la peña junto con su hijo, Juan el Bautista.

Más atrás está Rea, la madre de Zeus, quien huye de Cronos, cruzando el mar durante la noche hasta la isla de Creta, donde ocultará al infante Zeus en el fondo de una cueva, en el corazón del monte Egeo. Así lo cuenta Hesíodo en su Teogonía, siglo VIII a.C.

Para un antropólogo, o un historiador de las religiones, esta milenaria madeja de historias es un enigma casi irresoluble pero para un escritor, un novelista o un poeta, es una infinita fuente de inspiración. Si se trata de hacer literatura, y no de estudiar religiones comparadas, ¿qué más dará si cierto mito proviene de una transmisión milenaria, o si es una interferencia erudita del siglo XVII? Un escritor se acercará a estas leyendas con una mirada limpia, sin importarle si provienen, o no, de la antigua religión precristiana. Nada le importará si los astures ofrecían sacrificios a la xana hace dos mil años, o si las costillas del cuélebre vienen de Babilonia. A un autor del siglo XXI, como a cualquiera de los narradores que le precedieron a lo largo de los milenios, lo único que debería importarle es contar una buena historia, o crear una atmósfera potente.

Y en la tradición asturiana hay historias, y atmósfera, de sobra.

 

BIBLIOGRAFÍA

ACEVEDO HUELVES, BERNARDO: Boal y su Concejo, Uviéu 1898.

ÁLVAREZ PEÑA, ALBERTO: “Señores de forca y cuchiellu – La lleenda de «El Desterrado»” Asturies, Memoria Encesa d’Un País nº 40, 2020. Pp 16-23

ÁLVAREZ PEÑA, ALBERTO: Lliendes de L.lena, AYDA 1997

ÁLVAREZ PEÑA, ALBERTO: “El Romance de Santa Iria”, Anuariu de la Música Asturiana 2013. Pp 6- 9.

FERNANDE GUTIERRE, GAUSÓN: “Hestories de Valentones” Astor, Cartafueyu de la Lliga Celta d’Asturies 2022. Pp 5-25

FERNANDE GUTIERRE, GAUSÓN: “Don Pelayo, primer rei de los astures. Testimonios d’una saga escaecida: de la ‘troncada de Don Pelayo’ al ‘argayón de Cosgaya’” Asturies, Memoria Encesa d’un País, nº 23, 2007. Pp 38-59.

DE MILIO CARRÍN, CRISTOBO: La Creación del Mundo y Otros Mitos Asturianos, autoedición, Uviéu 2008.

SUÁREZ FERNÁNDEZ, XOSÉ MIGUEL: Como Augua de Torbón, Guerra civil y represión franquista nel estremo noroccidental d’Asturias. Ediciones Trabe, Uviéu 2021.

SUÁREZ LÓPEZ, JESÚS: Patrimonio Inmaterial del Camino de Santiago Primitivo. Archivo de la Tradición Oral de Asturias, 2024.

[1] Nota del autor al final del álbum XXV, “La Última Pallabra”

[2] Fernande Gutierri 2022; Suárez López 2024.

[3] Manuel Suárez Pérez, 77 años, natural de Nouvellana, vecino de Val.louta, concejo de Cuideiru. Recogido por Alberto Álvarez Peña el 25 de febrero de 2012.

[4] Contado por David Fernández Corujo, 74 años. Natural de Lieres, güei [1997] n’Armatilla, Olloniegu, conceyu d’Uviéu. Recogido por Alberto Álvarez Peña el 13 Xunu de 1997 (Álvarez Peña 1997: 18)

[5] Fernande Gutierri 2007.

[6] Lo más probable es que la frase tenga origen libresco. Es casi imposible que un único individuo perdure en la tradición oral durante dos mil años.

[7] Según contó José Rodríguez Reguera de 62 años, natural de Eiros, parroquia de San Fliz – Tinéu, a Alberto Álvarez Peña, el 16 de septiembre de 2004.

[8] Contado por Manuel Santamarina Martínez, 56 años, natural de Busqueimado (Santalla d’Ozcos). Recogido el 27 de octubre de 2007 por Alberto Álvarez Peña (Álvarez Peña 2020: 19). Versión en castellano de Cristobo de Milio Carrín.

[9] Acevedo Huelves 1898: 61.

[10] Álvarez Peña 1997: 60.

[11] Álvarez Peña 2013.

[12] De Milio Carrín 2008: 75.

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