Viabilidad de un Kalevala Asturiano: Oportunidades y Retos (Primera parte)

Mujeres y niños de la etnia nenet frente a la entrada de su tienda. Una de las mujeres lleva un perro alrededor del cuello. (Una de las fotos del viaje de Nansen a Siberia, del 2 de agosto al 26 de octubre de 1913). Ubicación: Rusia, Nosonovskiy Pesok. Biblioteca Nacional de Noruega
Mujeres y niños de la etnia nenet frente a la entrada de su tienda. Una de las mujeres lleva un perro alrededor del cuello. (Una de las fotos del viaje de Nansen a Siberia, del 2 de agosto al 26 de octubre de 1913). Ubicación: Rusia, Nosonovskiy Pesok. Biblioteca Nacional de Noruega (Wikipedia)
Primera parte: cuando no hay aedos

Ha habido muchos pueblos europeos, en los últimos dos siglos, que han forjado una épica nacional, más o menos fiel a sus tradiciones populares, supliendo con ingenio la ausencia de epopeyas y de un Homero nativo. Así compiló Elias Lönnrot su majestuoso Kalevala, parcheando mal que bien un sinfín de cuentecillos tradicionales finlandeses; otros, como los checos, fueron más allá y manufacturaron supuestos manuscritos medievales, falseando cantares épicos que, aun siendo falsos, impulsaron un renacimiento auténtico de su literatura.

El otro día discutía yo con un amigo si sería posible hacer algo así en Asturias, es decir, si se podría construir un ciclo mitológico basado en todas las leyendas y tradiciones que llevan publicándose desde hace casi dos siglos, desde que Francisco de Paula Mellado contó, en sus Recuerdos de un Viaje por España (1849) la primera historia de xanas. La opción checa, lo de falsificar pergaminos, no llegamos a debatirlo.

A primera vista, Asturias lo tiene todo a favor para levantar su propio Kalevala. Lo más difícil de encontrar, la materia prima, lo tenemos. Después de Paula Mellado llegó Giner Arivau, con su Folk-Lore de Proaza, y a este le sucedió Aurelio de Llano, quien publicó varias recopilaciones de cuentos y leyendas recogidos por buena parte del país. Y estos fueron solo los pioneros.

En el pasado siglo Asturias produjo una respetable hornada de investigadores, desafiando el berrinche de señores sensatos y biempensantes como Clarín (“El folklore […] es una chifladura, inutilidad enojosa […] escorias, estiércol filológico, nonadas populares…”).[1]

Fue el siglo de Constantino Cabal, José Manuel González, Alberto Álvarez Peña, María Josefa Canellada, Sordo Sotres, Jesús Suárez, Naciu I Riguilón y muchos otros (y otras), que en algunos casos siguen publicando todavía hoy, 2026.

Llevamos dos siglos de recopilación casi ininterrumpida. Ha sido un gran esfuerzo colectivo, del que podemos estar orgullosos, por preservar un patrimonio que se nos escurría entre los dedos. Ahora, en el siglo XXI, llega el momento de plantear la siguiente etapa. ¿Qué sentido le daremos a este inmenso tesoro? ¿Qué cosecha plantaremos en este “humus lingüístico”, como lo llamaba Tolkien, para que nos alimente en tiempos venideros? ¿Cómo evitaremos que todo, la xana y la güestia y el cuélebre y la Virxen y la Vieya, que todo se convierta en una colección de antiguallas carcomidas, reeditadas sin cambios una y otra vez, conservadas como testimonio de una época muerta?

Hay un modo. Intoxicados por Hollywood, saturados de marines peliculeros, de batallas tolkenianas y de vikingos, atravesamos hoy otra era tan romántica como el XIX. Podríamos, por tanto, exprimir todo ese patrimonio inmaterial, convertirlo en películas, en libros, en videojuegos rebosantes de épica. Por desgracia, la nuestra es una tradición que parece forjada de encargo para frustrar la empresa.

Veamos cómo se mata la épica. Tomemos la Ilíada: “Canta, diosa, la cólera del Pelida, cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos…” y allá van quince mil hexámetros, todos tan rimbombantes como el primero. ¿Cómo adaptaría esta epopeya un narrador de nuestros días? ¿Cómo la simplificaría alguno de esos que congregan millones de seguidores en su cuenta de Instagram, o de Tiktok? No cambiaría el argumento, necesariamente, pero sin duda aligeraría el estilo, y eliminaría los personajes secundarios: “Al alcalde de Esparta  la mujer le dejó por un troyano, y a él le sentó fatal así que cogió la lancha y se fue para Troya con los de su partido, y acabaron todos a cuchilladas. No olvidéis darle al like y suscribiros al canal”.

Pues algo parecido sucede con la gran saga irlandesa, el Táin Bó Cúailnge, y la tradición oral asturiana. El TBC trata de una encarnizada guerra entre las provincias de Irlanda, Úlster contra Connacht, provocada por un robo de ganado. En la guerra intervienen dioses, druidas, reyes y guerreros. Hay traiciones, banquetes, profecías, maldiciones, tesoros, cabezas decapitadas, duelos entre campeones. La contienda concluye con una lucha entre dos prodigiosos toros, el Rojo del Úlster y el Blanco de Connacht, de la que emerge victorioso el del Úlster. Lo interesante es que el argumento o, mejor dicho, el esqueleto del argumento, reaparece en una leyenda de la montaña central asturiana, recogida en tiempos recientes. La guerra por el ganado entre Úlster y Connacht pasa a ser un conflicto de pastos entre Prubaza y Yernes y Tameza. La épica lucha, que los bardos irlandeses llenaron de hazañas y milagros, la despachan los tamezanos en diez renglones:

Decían que los de Sograndiu, de Prubaza, ya los de Tameza pleitearan por [la posesión de la Veiga de Cuallagar]. Los tamezanos fixeron un cierru mui grande, ya de nueche fueron allá los de Sograndiu ya desarmáronlu tóu. Entós fueron allá los tamezanos armaos de foces ya hachos pa pegase con ellos. Eso de mui antiguo yá… De cuando amarraron los toros pa desllendar.[2]

Pa facer la divisoria pastos entre los de Prubaza y los tamezanos, llegaron a enfrentar dos toros. Los de Prubaza unu blancu y los tamezanos unu roxu y allá onde ganó ún d’ellos marcaron los finxos […][3]

 (Álvarez Peña 2016: 78)

De aquí extraigo dos conclusiones:

  1. La primera es que la gran saga del Úlster, anotada en varias versiones desde el siglo VII pero que, probablemente, tenga raíces aún más antiguas, ha perdurado vagamente en la memoria de los tamezanos. Dudo mucho que la historia se haya difundido en época reciente. Creo que, más bien, se trata de antiguos mitos que se contaban en época remota por todo el arco atlántico de Europa. Son historias sobre robos de ganado, duelos a lanza, dioses y magia que circulaban, quizás, desde la Edad del Hierro. En la Irlanda medieval se plasmaron en pergamino mientras que, en Asturias, fueron comunicándose, y simplificándose, de boca a oreja hasta nuestros días.
  2. La segunda conclusión es que los narradores asturianos no son amigos de florituras. En general, si pueden contarte una historia con once palabras, no emplearán doce. “Fueron allá para pegarse con hoces y hachas” no es precisamente una estrofa homérica.

El estilo, por tanto, es un problema. El otro es la cristianización. Lönnrot lo tuvo relativamente fácil porque Finlandia fue uno de los últimos países de Europa en adoptar el cristianismo, y en el siglo XIX todavía se cantaban versos sobre el pato cósmico que puso el huevo primigenio, de cuya cáscara rota se construyó el mundo. Nosotros, en cambio, después de quince siglos de cristianización, más o menos eficaz, hemos olvidado la cosmología precristiana, fuese la que fuese. Hay, sin embargo, otros mitos de origen que todavía podemos detectar, agazapados y disfrazados:

Yo se lo he oído a los viejos, que cuando echaron a los moros de aquí de Asturias, que los habían ido matando y que había quedado una mora. Y que había dicho que no la mataran, que se casaba con cualquiera de ellos y que con el tiempo que descubría dónde estaba el tesoro, que había dinero para un reinado, enterrado, entre La Venta y Valcabo.

Entre La Venta y Valcabo

hay dinero pa un reinado.

Y luego a la mora la mataron. Sí, sí, eso se lo he oído yo a los viejos, viejos, que hoy tendrían ciento cincuenta años.[4]

(Suárez López 2001: 374).

La Última Mora, en las numerosas variantes que se cuentan por el suroccidente asturiano, es un mito de origen, con una estructura engañosamente simple. La expulsión de los moros encaja, naturalmente, en el relato de la Reconquista, tal y como aparece en crónicas y romances. Ese es el disfraz pero rascando y escudriñando, analizando lo que se nos cuenta y comparando con las tradiciones de otros países, a los que nunca llegó la invasión árabe, descubriremos una guerra mucho más vieja, anterior al romancero medieval.

La lucha, en el mito, no es una cruzada, sino una pugna por los recursos. Los informantes (en Ayande, en Cangas, en Belmonte) cuentan que los asturianos estaban hartos de que los moros les robasen el ganado y las patatas “como los jabalíes ahora”, en palabras de un narrador. Ni pío sobre la religión verdadera ni el fervor misionero. En el País Vasco Francés a estos “moros” los llaman lamias, o lamiñak. Eran, dicen los vascos, una antigua raza de “hombres hermosos, altos, fuertes, salvajes y ricos” a los que Roldán aplastó a pedradas “mientras se festejaban con las vacas que le habían robado”.[5] En Galicia, a Roldán lo sustituirían con el apóstol Santiago. En Asturias, el vencedor de los moros suele ser Don Pelayo o un cierto “Rey Castro”.

Los moros que despojan a los cristianos, como las lamias de los vascofranceses que robaron las vacas de Roldán, representan, muy probablemente, a los monstruos prehumanos, encarnación del caos. En muchas mitologías del Viejo Mundo, estos antiguos enemigos “roban” constantemente, es decir, hacen imposible el desarrollo de la Humanidad y, por tanto, deben ser sometidos mediante la violencia al principio de los tiempos.

Los moros derrotados son el origen de innumerables leyendas sobre tesoros escondidos. Incluso después del supuesto destierro siguen entre nosotros, “encantados” en lugares sagrados como cuevas, en fuentes, o en las ruinas de los antiguos castros. Su encantamiento marca la separación entre nuestro mundo y el suyo. Allá, en las cuevas de los “moros”, no transcurre el tiempo o, mejor dicho, no hay diferencia entre pasado y futuro. En ciertos días del año, casi siempre por San Xuan, las fronteras entre ambos mundos se abren, los mortales pueden acceder al mundo de los moros, y las leyes de la realidad cotidiana se suspenden.

Es un mito que ha perdurado con mucha nitidez en las fuentes irlandesas medievales, en obras como Cath Maige Tuired. Los robos y los abusos de los antiguos enemigos (pueden ser los llamados Fomoiri o bien los Tuatha Dé Danann; su identidad cambia según los textos) provocan una guerra que concluye con su derrota y destierro. En La Embriaguez de los Ulates, Mesca Ulad, al terminar la contienda el druida Amorgen reparte Irlanda en dos mitades, donde habitarán vencedores y vencidos. A los humanos, antepasados de los irlandeses actuales, les corresponderá la mitad superior, al aire libre, y a los Tuatha Dé Danann la inferior, es decir, las entrañas de las colinas. Como en Asturias, la comunicación entre ambos reinos se restablece en ciertos días señalados del año.

La reina, esa “última mora”, es uno de los personajes más importantes de la mitología celta. Es la encarnación del territorio, y su unión con el rey humano sellará la alianza entre la naturaleza y la tribu. Mientras perdure esta alianza, las cosechas fructificarán y se sucederán las generaciones. Quizá la versión más conocida sea el trato entre Ériu, la diosa epónima de Irlanda, y el druida Amergin. Por este acuerdo, ella garantiza que los irlandeses vencerán en la guerra contra los Tuatha Dé Danann a cambio de darle al país el nombre de la diosa. En la versión que acabamos de ver, los asturianos rechazan el pacto matrimonial y por tanto, las riquezas de la tierra, condenando a sus descendientes a la miseria.

A principios del XVIII, los maneses creían que su isla había sido habitada, antes de Cristo, por una raza de hadas, seres que dominaban la magia y que ocultaban la isla envolviéndola en un misterioso sudario de niebla, hasta que llegaron los invasores humanos que, mediante la guerra, los fueron expulsando. Al presente, las hadas moraban en los lugares más agrestes y remotos. Los campesinos maneses, a pesar de ser cristianos, les tenían gran devoción y les hacían ofrendas.[6]

Isla de Man, mapa antiguo (hacia 1605). Foto de archivo
Isla de Man, mapa antiguo (hacia 1605). Foto de archivo.

 

A diferencia de lo que ocurre en Asturias, en la Isla de Man no existe el recuerdo de una guerra medieval entre Islam y cristianismo, que pueda interferir en el antiquísimo mito. Resplandece así su carácter pagano.

En 2010 un estudioso de la Universidad del Ulster, Grigory Bondarenko, señaló un paralelo muy interesante desperdigado por Estonia, Karelia e incluso más al norte, en la Región de Arcangel. Se trata de los llamados Chud’, los “ajenos” o “extraños”. En las crónicas pseudohistóricas medievales, los Chud’ se identifican con las poblaciones nativas de lengua finesa, desplazadas por la invasión rusa. En el folklore, los Chud’ fueron arrinconados a regiones cada vez más remotas por la llegada de los colonos rusos, hasta que no les quedó más remedio que refugiarse bajo tierra. De nuevo, esta supuesta «reconquista» ruso-finesa es una simple excusa pseudohistórica sin base real. La prueba es que los propios Komi de lengua finesa e incluso, más al norte, los Nentsi…

…tienen leyendas similares acerca de unos autóctonos parecidos a los enanos, llamados sirtya […] que habitaban en la tundra antes de los Nenets y que más tarde se mudaron bajo tierra, al interior de las altas colinas arenosas (sede). Después de su asentamiento subterráneo apenas se manifiestan en la superficie de la tierra, y solo los chamanes Nenets conocen las colinas (sede) donde habitan realmente los sirtya.

(Bondarenko 2010: 296)

Como los moros y los Túatha Dé Danann, los Chud’ se asocian con los túmulos prehistóricos de una cultura olvidada, se les atribuye una poderosa magia y se les considera fanáticos paganos, eternos enemigos del cristianismo.

Estoy convencido de que La Última Mora y, en general, todos los “moros”, “gentiles” y “lamias” de la cornisa cantábrica, desde Galicia hasta Navarra, son un mito de origen sobre la demarcación de las fronteras entre el espacio de los humanos y el de los espíritus, es decir, el mito que explica la estructura del cosmos, la relación entre el mundo cotidiano y el mundo espiritual. Es un indicio interesantísimo de un estrato cultural que podría remontarse miles y miles de años, quizás hasta los tiempos de los cazadores paleolíticos.

Lástima que solo podamos desentrañarlo a través de elaboradas comparaciones con otras culturas porque el relato original, tal y como lo ha transmitido la tradición oral de los asturianos, es poco más que una anécdota descarnada. El tema es fascinante, pero solo hemos podido rescatarlo después de mil vueltas y revueltas, saltando, de una comparación a otra, hasta la tundra que habitan los pastores de renos, porque las voces de la prehistoria, aquí en el lejano sur, nos llegan ahogadas por dos mil años de curas y burócratas.

Es difícil inspirarse con una fuente tan escuálida, es difícil extraer un Silmarilion de este filón.

BIBLIOGRAFÍA

ÁLVAREZ PEÑA, ALBERTO: “Les lluches de toros n’Asturies – mitoloxia y realidá” Asturies, Memoria Encesa d’Un País nº 36, 2016. Pp 76-81

BONDARENKO, GRIGORY: “Autochthons and otherworlds in Celtic and Slavic”, en: BROZOVIĆ – RONČEVIĆ, DUNJA; FOMIN, MAXIM & MATASOVIĆ, RANKO (eds): Celts and Slavs in central and southeastern Europe: proceedings of the Third International Colloquium of the Societas Celto-Slavica, Dubrovnik, September 18–20, 2008, 3. Institut za hrvatski jezik i jezikoslovlje, Zagreb 2010. 281302.

CARO BAROJA, JULIO: “Las Lamias Vascas y Otros Mitos” en Algunos Mitos Españoles, 3ª Ed. Ediciones del Centro, Madrid 1974 [1941]

LÓPEZ ÁLVAREZ, JUACO: «Clarín, los campesinos y el “Folk-Lore Asturiano”». En Clarín y su tiempo, Oviedo, 2001. Pp 57-76

SUÁREZ LÓPEZ, JESÚS: Tesoros, Ayalgas y Chalgueiros – La Fiebre del Oro en Asturias, Ayuntamiento de Gijón, Xixón 2001

WALDRON, GEORGE: The History and Description of the Isle of Man, Londres 1744

[1] Citado en López Álvarez 2001: 75

[2] Contado por Emiliano Arias García, de 76 años y natural de Serandi, parroquia de Samartín, concejo de Prubaza. Recogido el 9 de diciembre de 2012.

[3] Contado por Sandalio Fernández González, de 79 años y natural de Bustiellu, Trespena, concejo de Prubaza. Recogido el 5 de octubre de 2002

[4] Informante: José Flórez Fuertes, 64 años, de San Pedru Culiema; recogido por Jesús Suárez el 4 de septiembre de 1998.

[5] Caro Baroja 1974: 53

[6] Waldron 1744: 12, 13, 53, 54

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