Viabilidad de un Kalevala Asturiano: Oportunidades y Retos (cuarta parte)

Don Constantino y los surcos de la sabiduría
Don Constantino y los surcos de la sabiduría

Cuarta parte: Gago y Meana

Es casi inevitable, si uno se pone a ensoñar sobre religiones antiguas, terminar en el regazo de la gran Diosa. Gerhard Rohlfs la llamó la Vetula, la Vieja;[1] para Robert Graves era Leucotea, la Diosa Blanca. Los autores asturianos suelen invocarla por su nombre céltico, Deva, que se ha conservado en ríos y peñascos de toda Europa occidental, con una nutrida representación asturiana:

Yo soi Devai, la xana de les xanes, la diosa de les fontes y la guardiana l’embeligu la Ñatura. Yo remano la primavera y la xeronda, lo llimpio y tolo que xorrez del suelu que tu pises, si ye verde.

Es un fragmento de Astor o ensayu pa una nuea mitoloxía, de Miguel Solís Santos, aparecido en 1981. Solo cuatro años después se publicaba el cómic Vadio L’Asturnauta, de Enrique Suárez. El cómic incluía un intento de cosmogonía pagana, de cuyo relato de la creación era la gran diosa la protagonista. La racha continuó: en 1987 Llan de Cubel publicaba Deva, un disco dedicado al islote de tal nombre que se eleva a unos pocos kilómetros de Cuideiru y de donde vienen, dice la leyenda, los niños pixuetos:

So les agües Deva foi la diosa qu’atapeció. Nun cantu cande alba nuechi una piedra xorreció.

La Deva hace exactamente lo contrario de Ilmatar, la doncella del aire en la mitología finlandesa. Si una emergió de las profundidades la otra, según Lönnrot, se posó sobre las olas y, nadando y chapoteando, creó el relieve de la tierra firme. No obstante, en ambos casos se trata de un mito cosmogónico, recreado por poetas modernos a partir de una tradición auténtica.

Tras la erosión de la hegemonía cristiana que trajeron el siglo XVIII y la Ilustración, y pasadas unas décadas de fervor revolucionario y de frío descreimiento, era solo cuestión de tiempo que alguien redescubriese a los dioses y, sobre todo, a las diosas paganas. En la primera mitad del siglo XX se publicaron en inglés unos cuantos ensayos, en el confín entre la investigación académica y la literatura, que proclamaban las bondades de la diosa con autores como Robert Graves (La Diosa Blanca), Margaret Murray (El Culto Brujeril en Europa Occidental) o el inefable Walter Evans-Wentz, el hombre que comenzó recogiendo folklore y terminó creyendo en las hadas (así lo contó en su libro La Fe Feérica en los Países Celtas). Este movimiento, y sus teorías sobre antiguos cultos prehistóricos que perduran hasta nuestros días, fue el origen una nueva religión, la Wicca, con numerosos seguidores desde Escocia hasta Australia.

Por aquí abajo nos atenemos, en general, a la regla de Chesterton: o católicos o ateos. Sin embargo, aunque no llegase a fundar una iglesia propia, no debían de ser muy distintas las nostalgias paganas que movían a Constantino Cabal cuando publicó su Mitología Asturiana, una trilogía formada por Los Dioses de la Muerte, Los Dioses de la Vida y El Sacerdocio del Diablo. La obra vio la luz en 1925. Habían pasado cuatro años desde el tratado de Margaret Murray sobre la religión brujeril, y la obra de Cabal usaba de la misma erudición, el mismo amor por las antiguallas folklóricas, y la misma imaginación que sus primos del norte.

Muchas décadas todavía se hizo esperar el Robert Graves asturiano, Xosé R. Fernande, y su Deva, la Güella de la Diosa Astur (1998). Como el de Graves, el ensayo de Fernande rastrea la diosa en la obra de los poetas y a él le debo, por ejemplo, la cita de Miguel Solís Santos que recogí más arriba. El asturiano reconoció desde el principio su deuda con el inglés aunque el libro de aquel es, curiosamente, mucho más conciso y ameno que el mamotreto de este.

Tanto Fernande como Cabal se salen de la literatura científica. Aunque hablen de leyendas y de religión popular, sus libros no son tratados de etnografía… Pero tampoco poemarios, ni epopeyas. Para ir más allá hace falta un atrevido que se lance a inventar, uno que salte en el vacío y recree la mitología de los astures sin temor a las muchas lagunas de nuestro conocimiento. Tal vez esa obra existe pero, si es así, yo la desconozco. Quién sabe, en el torbellino de miles de libros que se publican cada año, cuántas obras maestras se nos escaparán y se desvanecerán para siempre, sin llegar a prender en la memoria del público.

Lo que sí conozco es “Vento e Chuvia. Mitoloxía da Antiga Gallaecia”, de Manuel Gago. Publicado en 2014, este libro viene a rellenar el hueco de tantos artículos académicos, tantas memorias arqueológicas, tantos debates y tanta especulación sobre los castros de la Edad del Hierro y las gentes que los poblaban. Tarde o temprano, alguien tenía que parir una épica sobre los guerreros que vivían en poblados amurallados de casas redondas, sacrificaban animales sobre peñascos sagrados, comerciaban con los barcos fenicios que llegaban a sus playas y celebraban las hazañas de heroicos antepasados, en alguna lengua olvidada. Me alegro que fuese Gago, un gran divulgador de la cultura gallega, un hombre de amplias lecturas, bien al día de lo que se publica sobre arqueología, patrimonio y tradición oral, el osado que se atreviese a escribir esto:

Reue fendeu a maza na montaña Carbia e descubriu unha das súas covas. Aló agachóu todas as xentes, agás os guerreiros, que deixou canda el. Foi co tempo xusto: aló por detrás dos outeiros sentía o bater do metal, o asubío dos fíos das armas e o balbordo dos exércitos.

Vento e Chuvia” sería la epopeya que buscábamos salvo por el detalle de que Galicia no es Asturias y que el gran Reue no recibía culto, que yo sepa, al este del Eo. Quizás estamos siendo unos melindrosos, obcecándonos con la definición más estrecha de “poema nacional”. Quizás, si relajamos nuestras exigencias, descubriremos que nuestro Kalevala astur estaba al alcance de la mano todo el tiempo. En forma de cómic, por ejemplo.

Ese cómic o, para ser más precisos, esa saga de veinticinco álbumes dedicados a la historia de Asturias y de todo el Viejo Mundo, se titula “La Crónica de Leodegundo” y arrancó hace ya treinta y cinco años, entre 1991 y 2006. Su autor, Gaspar Meana, situó la historia en la Alta Edad Media, desde la invasión árabe de Hispania hasta la muerte de Alfonso III. Yo la hubiera ambientado en la conquista romana o incluso antes, como hizo Gago, en la Edad del Hierro, cuando las antiquísimas tradiciones prehistóricas perduraban prístinas, antes de que los romanos lo arruinasen todo. Menudo churro me hubiese salido.

Meana, desde luego, no es ningún Tolkien. A él no le van la nostalgia lánguida ni las brumas élficas. El mundo de los siglos VIII y IX que nos pinta en su ”Crónica de Leodegundo” está empapado en barro y sangre. Los invasores árabes crucifican a los enemigos derrotados, los reyes cristianos ciegan con hierros candentes a los nobles rebeldes. No hay nada puro ni prístino, aquí. El Reino de Asturias se debate entre la opresiva alianza con los poderosos francos, a un lado, y la creciente amenaza del califato, por el otro. Los campesinos, que malviven entre las ruinas de los monumentos romanos, todavía les rezan tercamente a los antiguos dioses mientras el clero y los nobles les van imponiendo, a veces por la espada, una religión nueva. Este es un mundo turbulento donde lo antiguo lucha por perdurar y lo nuevo lucha por imponerse…A cuchilladas.

Es una obra densa, dura y compleja. La documentación de los paisajes, los monumentos y los objetos cotidianos es sencillamente pasmosa y, a ratos, la sensación es mareante, como de un auténtico viaje en el tiempo. Aunque es realista, demasiado para considerarla epopeya, introduce al mismo tiempo todo tipo de elementos fantásticos: ángeles, dioses, profecías. Para el autor las creencias de los personajes, tanto cristianos como musulmanes, paganos y magos, son todas igualmente reales. Como dice Ammia, la sacerdotisa de la diosa: “Solo existe aquello en lo que se cree”.

El Reino de Asturias está en el centro de toda la saga, cuyo tema principal es el conflicto dinástico entre los Pelágidas y la casa de Cantabria, pero alrededor de este núcleo seremos testigos de todas las maravillas y todos los horrores de la época, desde Cádiz hasta el Éufrates.

No hay un momento de descanso, no hay un álbum “íntimo” ni “reflexivo”, no hay una sola viñeta superflua. El primer álbum, “La Mesa de Salomón”, narra la batalla de Guadalete y la caída del reino visigodo. El segundo, “El Señor de los Genios”, viaja hasta Constantinopla, donde los ejércitos de Suleimán I amenazan la capital romana mientras, en Bagdad, un califa obsesionado con la magia de Salomón invoca a los demonios para obtener la victoria. El tercer álbum, “El Monte Sagrado”, es el de la batalla de Cuadonga. Y esto es solo el principio del “Cantar de Liuva”, el primero de los tres que componen la saga.

El lenguaje de “La Crónica de Leodegundo” es el del cine. La grandiosidad, la desmesura de los escenarios, los inmensos palacios y las batallas con miles de guerreros, remiten a las grandes superproducciones históricas de la época dorada de Hollywood. Es, básicamente, una película de romanos: la mayor, la más lujosa, la más espectacular película de romanos que imaginarse pueda. Esta es una decisión muy consciente, y el autor lo hace explícito con algunos guiños para cinéfilos. El monje Leodegundo, autor de toda la crónica, tiene el rostro de Alec Guinness; el mercader judío es Peter Ustinov; el príncipe vikingo, en el álbum XX, es Kirk Douglas, homenaje evidente a su papel en “The Vikings” (1958).

Es curioso que no haya asomo de celtismo en la obra. Meana, con toda su erudición, no parece familiarizado con la literatura medieval irlandesa, ni incluye ninguna visita a las Islas Británicas en la saga, ni señala elementos célticos en la antigua Asturias. Sí que se deja seducir por la diosa, como tantos otros escritores del país.

La Santa Cueva, antes.

La llama “La Gran Madre”, pone su santuario en una gruta, atendido por una estirpe de sacerdotisas paganas, y la hace patrona de la victoria contra los árabes en el Monte Auseva: “Tan cierto como el sol que nos alumbra, un día sus hijos nos reuniremos con ella, en el hogar al que conducen todas las cuevas”.

Es una perspectiva distinta de Lönnrot y su Kalevala, pero las palabras suenan tan antiguas y tan misteriosas como las del canto finlandés.

BIBLIOGRAFÍA

BARTOLOMÉ PÉREZ, NICOLÁS: “Cuando llueve y fai sol, anda la Vieya alrededor. El mitu de la Vieya n’Asturies y Llión” Asturies: Memoria encesa d’un país Nº. 18, 2004, págs. 28- 43

CABAL, CONSTANTINO: La mitología asturiana. Los dioses de la muerte, Imprenta de Juan Pueyo. Madrid, 1925.

FERNANDE, XOSÉ R: Deva, la Güella de la Diosa Astur, Trabe, Uviéu 1998

[1] Véase Bartolomé Pérez 2004 para un análisis del mito de la Vetula y su versión asturleonesa.